Hay experiencias que solo se viven en ciertos momentos de la vida. Viajar también tiene que ver con la edad, el cuerpo y el momento en el que te encuentras.
No todos los destinos encajan igual cuando empezamos a viajar según la etapa de la vida en la que nos encontramos. Y, aunque algunos puedan encajar, la forma de vivirlos puede ser completamente distinta.
De esto me di cuenta con claridad en uno de mis primeros viajes a Asia, cuando visité Vietnam. Es un destino espectacular para explorar, hacer actividades únicas y llevarte a ciertos límites. Una de las experiencias que más me hizo reflexionar sobre esto fue el tour de tres días en moto por el Ha Giang Loop, una región de montañas cubiertas de plantaciones de arroz y paisajes impresionantes.
Fue una experiencia intensa. Muchas de las carreteras estaban en muy malas condiciones. Íbamos con conductores locales experimentados, pero aun así hubo tramos en los que las motos se tambaleaban hasta casi caer. La adrenalina estuvo presente todo el tiempo. Era arriesgado, exigente y, a la vez, profundamente hermoso. No solo por las vistas, sino por todo lo que rodeó la experiencia: compartir con gente local, conocer a otros viajeros que terminaron convirtiéndose en amigos, sentirte parte de algo que no estaba completamente bajo control.




Sí, el Ha Giang Loop se puede recorrer en coche, con un tour privado y cómodo. Pero entonces no habría sido lo mismo. No habría compartido tanto con otras personas, ni vivido esa sensación de aventura colectiva.
Hay etapas de la vida en las que es más fácil decir que sí a este tipo de experiencias, y viajar según las etapas de la vida implica saber reconocerlo. Cuando eres joven, cuando tienes energía, cuando el cuerpo responde, cuando el miedo pesa menos que las ganas. Quizá en otro momento de mi vida no habría podido hacerlo: viajar con hijos, tener alguna lesión, necesitar más estabilidad o seguridad.
Y eso no es algo negativo.
La vida es hoy, y nunca volveremos a ser más jóvenes de lo que somos ahora. Hay experiencias que solo se pueden vivir en ciertos momentos, y reconocerlo también es una forma de viajar con intención.
A medida que crecemos, los viajes cambian. Tenemos menos aguante para largas caminatas, buscamos más comodidad, nos arriesgamos menos en determinadas actividades. No porque esté mal, sino porque somos otras personas.
Viajar no deja de ser una forma de escucharnos. Viajar según las etapas de la vida es, al final, entender qué podemos, qué queremos y qué necesitamos en cada momento.
¿Has vivido algún viaje que sientes que solo encajó en ese momento de tu vida?
Si te apetece, cuéntamelo en los comentarios.

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